Sabes qué hacer, quieres hacerlo y aun así no empiezas.
No siempre es flojera: a veces tu cerebro evita lo que la tarea te hace sentir.
A veces sabemos exactamente lo que queremos hacer. Tenemos en mente un proyecto que nos entusiasma y nos importa mucho, una tarea pendiente o algo que llevamos tiempo queriendo empezar.
Y aun así... no lo hacemos.
Abrimos el celular y comenzamos a ver vídeos.
Ordenamos algo que no necesitaba ordenarse en ese momento.
Buscamos información durante horas y nos infoxicamos.
Empezamos otra cosa diferente.
Posponemos las cosas porque creemos que al día siguiente tendremos más energía.
Y mientras pasa el tiempo aparece una pregunta incómoda:
Si ya sé lo que tengo que hacer y qué quiero hacer, ¿por qué no puedo simplemente hacerlo?
Es fácil terminar pensando que actuamos así por flojera, indisciplina o falta de voluntad.
Pero probablemente esa solo sea la punta del iceberg y no toda la historia.
Cuando pensamos en procrastinación, solemos imaginar una falta de disciplina.
Como si hubiera una parte de nosotros que quiere avanzar y otra que simplemente decide sabotearnos.
Pero muchas veces la situación es más complicada.
Puedes querer profundamente algo y, al mismo tiempo, sentir incomodidad cuando intentas acercarte a ello.
Puede aparecer miedo, ansiedad, confusión, perfeccionismo, aburrimiento, incertidumbre o incluso vergüenza.
Y cuando una tarea comienza a estar asociada con alguna de estas sensaciones, que incluso podemos experimentar como una incomodidad física, nuestro cerebro puede preferir evitarla como una forma de alejarnos momentáneamente de lo que sentimos.
Y no necesariamente por desinterés, a veces resulta que nos importa tanto que nos provoca muchas reacciones.
Imagina que tienes que empezar un proyecto que realmente te interesa.
En teoría debería ser sencillo: "Solo necesito empezar y listo."
Pero en tu cabeza todo es más complejo porque pueden aparecer pensamientos como:
"¿Y si no me sale bien?". "¿Y si no soy tan buena como los demás piensan?". "¿Por dónde empiezo?"
"Debería hacerlo mejor.". "Ya es demasiado tarde." "Si lo voy a hacer, tiene que quedar bien hecho."
Entonces la tarea deja de ser solamente una tarea. Ahora también representa algo sobre ti.
Y comenzar puede significar exponerte a la posibilidad de equivocarte, decepcionarte o comprobar alguna de esas historias que llevas tiempo contándote.
Así que tu cerebro encuentra una salida mucho más inmediata: evitar.
Y evitar funciona. De hecho, tu cerebro lo registra como una estrategia exitosa.
Al menos durante un tiempo, la ansiedad baja, la incomodidad desaparece. Sientes alivio.
El problema es que después vuelve la tarea. Y ahora, además, como premio extra aparece la culpa.
El ciclo puede verse así
Tarea → incomodidad → evitación → alivio → culpa → más incomodidad → más evitación
Por eso decirte "¡deja de procrastinar!" o "tienes que cambiar" no siempre ayuda.
Porque estás intentando modificar la conducta sin comprender qué función está cumpliendo esa conducta.
Y aquí aparece una pregunta mucho más interesante:
¿Qué estoy evitando sentir cuando evito hacer esto?
Te sorprenderá darte cuenta de que quizá no estás evitando la tarea, sino lo que la tarea representa.
Esto es algo que me parece realmente importante porque hay personas que procrastinan porque no saben cómo empezar.
Pero también hay personas que sí saben perfectamente qué deberían hacer: tienen la información, tienen las herramientas incluso tienen ganas. Y aun así no pueden dar el primer paso.
Esto puede resultar muy frustrante porque desde afuera parece contradictorio:
"Si sé lo que tengo que hacer, ¿por qué no lo hago?"
Pero saber qué hacer no siempre significa poder convertirlo en una acción.
Entre ambas cosas hay muchas variables:
• cómo te sientes;
• cuánto esfuerzo requiere;
• qué tan clara está la siguiente acción;
• qué significado tiene para ti;
• qué expectativas tienes sobre el resultado;
• cuánto miedo o incomodidad genera;
• qué tan fácil resulta escapar de esa incomodidad;
• y qué tan estimulante o interesante le resulta la tarea a tu cerebro.
A veces hay algo más: en algunos cerebros, por ejemplo con TDAH, la atención responde más a lo interesante que a lo importante. Una tarea aburrida, aunque sea urgente, no siempre genera el estímulo suficiente para arrancar. No es falta de ganas, es cómo funciona la atención.
Por eso castigarte por no hacerlo puede terminar aumentando precisamente aquello que te está bloqueando.
En mi experiencia, esta es una de las preguntas más importantes que podemos hacernos.
En lugar de preguntarnos: "¿Cómo dejo de procrastinar?"
es fundamental preguntarnos: "¿Qué está pasando dentro de mí cuando intento empezar?"
Porque quizá descubras que no estás frente a un problema de disciplina. Quizá hay una expectativa imposible, un miedo, una tarea demasiado grande o poco definida, una necesidad de hacerlo perfecto, una historia sobre ti o simplemente no sabes cuál es el primer paso.
Y descubrirlo cambia la conversación. Ya no es: "¿Qué me pasa que no puedo hacer algo tan sencillo?"
Ahora puede convertirse en: "¿Qué necesito comprender para poder avanzar?"
Esto también es importante.
Entender por qué procrastinas no significa decir: "Entonces no tengo que hacer nada."
Tampoco significa aceptar que nunca vas a cambiar.
Comprender es el punto de partida. Porque cuando sabes qué está ocurriendo, puedes decidir qué necesitas hacer diferente.
A veces necesitarás dividir una tarea.
A veces tendrás que aceptar hacer algo imperfectamente.
A veces necesitarás aprender una habilidad.
A veces tendrás que tolerar cierta incomodidad.
Y otras veces quizá necesites detenerte y preguntarte si realmente quieres hacer aquello que llevas tanto tiempo intentando obligarte a hacer.
Pero esas decisiones son mucho más útiles cuando parten de la comprensión y no del castigo.
La próxima vez que notes que estás evitando algo que realmente quieres hacer, prueba detenerte antes de exigirte más.
Pregúntate: ¿Qué estoy sintiendo ahora mismo?
Después: ¿Qué es exactamente lo que estoy evitando?
Y quizá una tercera: ¿Qué creo que podría pasar si empiezo?
No necesitas encontrar una respuesta perfecta. Solo necesitas observar.
Porque a veces el primer paso para cambiar una conducta no es luchar contra ella. Es entender por qué apareció.
Y si después de observar quieres algo concreto para probar hoy: elige eso que llevas evitando y define su primer movimiento, tan pequeño que casi dé risa (“abrir el documento y escribir el título”). Hazlo con un temporizador de 2 minutos y, cuando suene, puedes parar. Con eso ya cuenta.
🌿 Comprender también es una forma de avanzar.
¿Quieres seguir explorando lo que te está pasando?
Hice el Cuaderno de Reflexión #1: 5 preguntas para detenerte, observar y entender lo que pasa antes de buscar respuestas.
Las dos primeras te ayudan a ponerle nombre a lo que sientes justo antes de evitar algo.
No necesitas contestarlo todo de una vez. Empieza por una pregunta.
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